
Día de contacto
8:10 am
Son pocos los momentos en nuestra vida que podemos identificar como puntos de inflexión. Les voy a relatar la historia de una familia que vivió algo que seguramente cambió sus vidas. Tal fue la tensión emocional que acompañó la conversación, y el desayuno de esa mañana, que realmente sentí que descubrieron algo que les haría repensar la base de sus creencias. La mía también.
Cuando esto sucedió yo trabajaba en la cocina de un complejo de cabañas en Traslasierra, Mina Clavero. La familia en cuestión: un padre, una madre y dos hijos adolescentes, alquilaron una de las cinco cabañas del complejo. Imaginen que si no fuera por los turistas acá no pasa nada, es muy tranquilo. Culpa de nuestra manía por el chisme es que el recepcionista se enteró que su primera opción para vacacionar no fue acá, sino algún lugar con agua salada. Pero unos días antes de partir hacia las olas el menor de los hijos sufrió un accidente. A último momento tuvieron que cambiar el sol abrasador de la playa por algún paisaje más cercano con montañas, río y sombra. No solo eso, sino que este tampoco fue el primer complejo en el que se alojaron. Tan solo unas noches antes la cocina de la otra cabaña se prendió fuego mientras cenaban. Discutieron con la dueña por el escape de gas y no demoraron en buscar otro lugar. Por lo que la vivencia del extraño suceso es aún más aleatoria. ¿O no existe la casualidad? Y si no existe, ¿hasta donde debemos retroceder para determinar en qué momento empezó el invisible sendero que los trajo hasta este lugar?
Como de costumbre llegaron temprano al comedor pero esta vez les sentí una energía diferente. Podría deberse a que hoy se volvían, pero había algo más; en realidad algo les pasó la noche anterior. Nadie puede culparme por escuchar conversaciones ajenas, es realmente aburrido esperar de brazos cruzados como centinela, de espaldas a la puerta de la cocina, con la vista clavada en la isla del comedor, esperando a que se vacíe un plato o un termo para reponerlo de frutas, panadería, fiambres o agua caliente.
Se sirvieron un voluminoso desayuno y se sentaron en la mesa más cercana a mi izquierda. Al mayor de los hijos lo noté molesto a simple vista: parecía cansado y denotaba un mal dormir. Estaba untando dulce de leche en una de las tostadas, a punto de animarse a reprochar alguna cosa, cuando su padre se anticipó y pidió la atención de todos.
—Queridos… —carraspeó con mucha duda y siguió—. Quiero contarles lo que me pasó durante el amanecer en el río —dijo con las manos tambaleando sobre sus rodillas por debajo de la mesa.
Su mujer, sentada a su lado, lo miró incrédula mientras se llevaba una taza de té a los labios. El comentario debió de ser el colmo para el mayor que soltó la tostada y cayó fuera del plato. Su hermano pequeño sorprendido por el exabrupto se terminó de despertar.
—Ya te voy a contar yo a vos lo que pasó anoche —respondió su hijo con mirada desafiante.
Ya para ese momento la familia había ganado mi curiosidad. El padre estaba totalmente desconcertado; había creído que iba a monopolizar el centro de atención, pero al parecer no era el único con una anécdota para relatar. Quizás, con el enojo de su hijo, podía confirmar una de sus teorías: lo que había pasado esa madrugada había sido más grande que lo que le había tocado a él.
5:55 am
Dormía plácidamente cuando un ruido estremeció su cama y lo trajo a la cabaña en medio segundo. Rápidamente se encontró sentado de espaldas a la pared; su corazón galopaba dentro suyo mientras los ojos se acostumbraban a la oscuridad. De a poco fue notando los pliegues de la sábana, los trazos de la cama y, al frente de su cara, la puerta de entrada que todavía se estremecía por la reciente sacudida. En ese momento entendió que el ruido que lo había despertado había sido el golpe entre la puerta y el marco de la cama. «¿Por qué está abierta la puerta?», se asustó y sintió frío. Su visión rápidamente mejoró por la adrenalina. Del otro lado del silencio que se arrastraba por la entrada empezó a ver la cama donde todavía yacía su hermano. «¿Seguirá dormido?», se preguntó. Su hermano estaba aún más expuesto a lo que sea que entrase de afuera, al menos a él, en parte, lo ocultaba la puerta. Unos pasos más adentro reconoció la mesita redonda de madera y las cuatro sillas que le hacían juego. A su lado una pequeña cocina y una heladera. Un poco más lejos había un pasillo que llevaba al baño y a la habitación de sus padres. No vio nada extraño dentro. ¿Y afuera?
La puerta chirriaba y se movía por el viento. Se decidió, pegó un salto y con los ojos cerrados apoyó todo su cuerpo hasta cerrarla. Esperó a que otra fuerza le hiciera resistencia. Esperó y nada. De a poco, mientras recuperaba la confianza, la fue soltando. Y cuando la terminó de soltar el viento la volvió a abrir. La penumbra y la neblina del exterior lo encontraron descalzo sobre los tablones de madera, la inquietud le recorrió la espina dorsal. «¿Y las malditas llaves?», puteó por dentro. Miró hacia su derecha y notó los profundos respiros de su hermano. Sintió celos por su pesado sueño pero nunca quisiera estar dormido con la puerta abierta.
Giró sobre sus talones y sin dejar de espiar hacia afuera encaró hacia el otro lado de la cabaña. Pasó por al lado de la mesa, atravesó el pasillo y encontró la puerta de la habitación de sus padres apenas entreabierta. Apoyó una mano y se asomó bajo el dintel.
—¿Mamá? —llamó.
Un resoplido con tono de pregunta le respondió.
—La puerta de entrada está abierta —insistió ya sin permiso.
—Uy hijo, tu papá debió de olvidarse cerrarla cuando salió —respondió como desde la ultratumba—. Fíjate si no dejó la llave —agregó como para ayudar.
Hasta ese momento no había percibido que faltaba la silueta de su papá. ¿Había salido? Giró sobre sus talones y se volvió a enfrentar a la puerta por donde entraba la neblina. «¿A hacer que? Si afuera está horrible», pensó. Se acercó a la mesa, buscó las llaves y no las encontró. Volvió lentamente a la puerta y las buscó colgadas en el llavero pero tampoco estaban allí. Todo apuntaba a que su padre se había llevado las llaves y dejó abierto. «¿Qué salió a hacer?». La curiosidad le empezó a embargar a tal punto que sacó la cabeza hacia lo desconocido. «¿Y si salgo a buscarlo?». La pregunta hizo eco en su cabeza mientras escudriñaba el temblor del único árbol que alcanzaba a ver: un enorme molle que se imponía a un costado de la cabaña. No veía nada más allá de cuatro o cinco metros, solo sentía el silbido del viento que parecía venir de muy lejos. Una fuerte ráfaga sacudió las ramas colgantes del molle y desperdigó sus frutos rosados quién sabe hasta dónde. También lo sacudió a él. Perdió la curiosidad y entró nuevamente.
Buscó su mochila e hizo su mayor esfuerzo por trabar la puerta con ella. Se sentó en la cama y vigiló milimétricamente si la mochila cedía ante la fuerza del viento. Mientras vigilaba se recostó y volvió a preguntarse por su papá. Luego de un rato los ojos le pesaron, su vigilia se borroneó y se durmió.
5:40 am
Se levantó decidido luego de escuchar el despertador. La noche anterior se había dispuesto a hacer lo mismo para ver el amanecer pero luego de destapar sus pies de las sábanas se acobardó y volvió a cubrirse con la tranquilidad de quien todavía tiene una oportunidad más. Esta vez no dio lugar a titubeos. Mientras se cambiaba, su mujer abrió un ojo. Le preguntó si quería acompañarlo, pero ella decidió seguir durmiendo. Atravesó a oscuras y con sumo sigilo el comedor. Pasó por el medio de otras dos camas, alcanzó la puerta y encontró las llaves colgadas a un lado. Para asegurarse de no haber hecho demasiado ruido se detuvo durante unos segundos a escuchar la rítmica respiración de sus hijos. Se abrió paso a la intemperie y cerró cuidadosamente la puerta tras de sí. Metió la llave y la giró.
Salió apenas con unas sandalias, unos shorts, una remera deportiva y un rompevientos. Era una de esas típicas madrugadas de verano cordobés en las que él disfruta cada segundo de la leve brisa matutina porque sabe que en unas horas el sol va a broncear la piel. Con reposera en una mano, botella de agua en la otra y frutos secos en los bolsillos, sonrió ante los pequeños placeres que se da en la vida.
La noche estrellada cubría sus pasos sobre el sendero que lo llevaría a destino, la pileta del complejo se abrió paso a su izquierda y, un poco más adelante, unos juegos de plaza se aparecieron a su derecha. Pasó por el frente del resto de cabañas, todas con las luces apagadas; y por encima de sus techos, a lo lejos, vió algo del tendido eléctrico de un pueblo profundamente dormido. Se emocionó al pensar que al fin iba a disfrutar un poco de soledad en la naturaleza. Luego de cruzar una pequeña cancha de vóley, llegó hasta el cerco que separaba el complejo del bosque de quebrachos blancos, espinillos y molles. Levantó el alambre que sujetaba la tranquera, la atravesó y la volvió a poner en su lugar. Siguió la caminata bosque abajo cuando el sendero desapareció entre la maleza y se empezó a guiar por el ruido del cauce de agua. Atravesó varios minutos de flora y fauna dormida, solo vio un búho vigilar sus intrépidos pasos.
Antes del brutal corte entre tierra y arena la densidad de los árboles empezó a aminorar y aparecieron, con menor continuidad, los sauces que proclaman el nombre del río. Las estrellas iluminaban con misterioso detalle la silueta del bajo y tranquilo Río de los Sauces. Se dispuso a atravesarlo y encontró el terraplén natural de arena que disfrutó con su familia alguna tarde atrás. Eligió ese lugar para contemplar el comienzo del día porque los pájaros lo elegían para revolotear por las tardes, dedujo entonces que algo en especial debía de tener. Las tacuaritas y los churrinches iban y venían picoteando y salpicando gotas para todos lados. El rojo y el celeste de sus alas se mezclaban con el color de la arena y el agua. Pero a esas horas de la mañana todavía no había ningún ala planeando el río. Deseaba descubrir el momento en el que comenzaran sus piruetas; y especulaba con la idea de que, al encontrarlo quieto desde tan temprano, lo confundieran con la serenidad del paisaje y se animaran a acercarse. Abrió la reposera, la afirmó contra la arena, se sentó con la vista dirigida a las Altas Cumbres y esperó. Esperó el momento que nunca iba a olvidar.
6:15 am
Las estrellas eran la única fuente de luz bajo la negra cúpula espacial cuando la cumbre de la inmensa montaña que cubría el horizonte de su vista se pintó de rojo. Sonrió y sacó un puñado de almendras y castañas del bolsillo. La naturaleza seguía completamente dormida, no se escuchaba ni viento, el silencio solo se rompía cuando el río abrazaba las piedras. Debajo del color oro las sombras todavía reinaban el paisaje serrano cuando empezó a sentir un zumbido bajo sus pies. La arena y el río alrededor suyo vibraron. Posó su vista sobre la botella que estaba a su costado y descubrió que el agua se columpiaba dentro de ella. La botella perdió el equilibrio y la alcanzó con la mano antes de que resbale por el badén. No podía estar seguro del tamaño del fenómeno pero intuyó que era más grande que lo que llegaba a sentir. Con el mismo imprevisto con el que apareció, desapareció también.
Se acomodó nuevamente en la reposera como si la vibración lo hubiese movido de lugar y volvió a poner la vista en el horizonte ahora anaranjado. Estaba estudiando el oscuro verde que las copas de los árboles empezaban a relucir cuando una bandada de pájaros despertó sobresaltada. Tanto a su izquierda como a su derecha el cielo se llenó de alas despavoridas que surcaron la noche y pasaron por al frente de la luz del alba que ya palidecía las estrellas. El zumbido, ahora mucho más fuerte, no apareció debajo suyo sino que lo sintió venir desde donde veía nacer el río. Junto con la vibración se acercó una pequeña ola de agua revuelta y burbujeante. La pequeña ola golpeó el terraplén y sintió la profunda vibración bajo sus pies. La ola se abrió camino por sus lados y la vibración siguió de largo. De un salto se levantó de la reposera, se dió vuelta y alcanzó a distinguir el escalón de agua que se alejaba río abajo. Ya conocía la sensación del terremoto y esto lo sintió diferente. El terremoto sacude grandes cantidades de tierra al unísono hasta que las profundidades del planeta encuentran un nuevo equilibrio. Pero estas no fueron sacudidas caóticas, fueron vibraciones con dirección.
Mientras su cabeza procesaba la información y sus piernas semiflexionadas se preparaban para lo que fuera, el zumbido volvió a aparecer una vez más. Esta vez lo sintió venir desde el bosque por el que llegó caminando. Las hojas de los árboles, el pasto y todo lo que lo rodeaba se agitó secuencialmente en dirección a su posición. El río recibió transversalmente el efecto dominó y en un momento de confusión el agua aparentó perder la corriente. La vibración lo alcanzó como un barrido y esta vez se le despertó un pensamiento que le recorrió todo el cuerpo. Tuvo la sensación de que los escaneaban: a él, al paisaje y al amanecer.
Se dió la vuelta para seguir con la vista la vibración de las cosas y del otro lado del río, como surgida de la tierra, la vio. Una pequeña esfera de color blanco brillaba semiescondida entre los pastizales y las ramas encorvadas de un sauce. La luz se apagó y él pestañeó. No lo podía creer. Reapareció unos metros más arriba, brillante como antes. Imaginó que en cualquier momento la iba a ver revolotear como a un bicho. Pero se volvió a apagar y volvió a prender, siempre un poco más arriba de su posición anterior. Repitió la secuencia otras siete veces y, luego de superar la copa de los árboles para pintar el cielo ya azulado, desapareció definitivamente.
Emocionado y consternado se mantuvo, por varios minutos, duro como una piedra y los ojos como platos mirando en el punto exacto en el que la vió por última vez. Fue tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar. Luego se cuestionó la idea de reaccionar. ¿Qué podría hacer ante un momento inimaginable? Quizás la mejor manera era simplemente no sacarle la vista de encima. Giró como un trompo para descubrir algún otro testigo de increíble momento, tenía ganas de hacerse señas con alguien pero no pudo, estaba solo. Probablemente su recuerdo sea la única prueba de aquella extraña luz.
Se dejó caer sobre la arena y mantuvo fija la vista en el sauce. Descubrió que deseaba que le vuelva a suceder, quería repetir la sensación del temblor, quería volver a ver la bola de luz. En ese momento una tacuarita revoloteó alrededor del terraplén como estudiando su presencia hasta que se animó y se posó. La observó detenidamente mientras ella buscaba y picoteaba entre la arena y se preguntó si había visto lo mismo que él. Quizás ella no había salido despavorida como el resto de su especie y curiosa se había quedado observando, desde alguna rama con vista privilegiada, el fenómeno luminoso que flotó frente a ellos. Y si vió lo mismo que él, ¿para ella habrá sido la primera vez? ¿Qué secretos guardarán las retinas de estos animales? Una segunda tacuarita pasó por su lado y la primera le acompañó el rumbo. Las siguió con la vista y se percató de que ya todo estaba tenuemente iluminado, entendió que era un buen momento para volver a la cabaña.
Mientras retomaba el sendero pensaba en cómo contarle a su familia lo que había visto. ¿Le creerán? Él todavía no se lo podía creer. Nunca en la vida le había pasado algo así ni esperaba que le pase. Tenía un punto a su favor: nunca fue de esas personas que pareciera que siempre le pasan cosas fantásticas y uno duda si un poco no se las inventan.
Llegando a la cabaña se percató de que el molle que la custodiaba parecía despeinado, como si una tormenta lo hubiera sacudido en su ausencia. Se lo quedó mirando con extrañeza mientras buscaba la llave entre los bolsillos. Cuando la encontró corrió la cerradura y lentamente, para no hacer ningún ruido, empujó la puerta. Al intentar abrirla sintió una leve resistencia. Se asomó por la rendija y abajo, como custodiando la puerta, encontró la mochila de uno de sus hijos. A medida que pasaban los minutos, la mañana no dejaba de sorprenderle por su extrañeza. Empujó la puerta un poco más y entró como a escondidas. Volvió a cerrar, colgó la llave y levantó la mochila que dejó sobre una de las sillas. La casa seguía en inmaculada quietud y silencio, era increíble el contraste con lo que acababa de vivir, quería zarandear a sus hijos y contarles lo que había pasado pero se contuvo. Decidió recostarse un rato antes del desayuno. Entró a la habitación, se volvió a cambiar de ropa y se acomodó en el espacio de la cama que había dejado una hora y media atrás. Intentó dormir y lo único que pudo imaginar al cerrar los ojos fue una bola de luz surgiendo de la tierra.
9:20 am
El comedor estaba casi vacío, solo quedaba otra familia terminando de desayunar del otro lado de la isla. De no ser por el movimiento final de los cubiertos de esa otra mesa reinaría el silencio. Yo estaba dura como una piedra con las manos cruzadas detrás de mi espalda y los dedos aferrados entre sí. Tenía la cabeza en dirección al centro del comedor pero mis pupilas apuntaban directamente a la mesa a mi izquierda.
Hacía solo unos segundos el padre había terminado de relatar la historia y el silencio los cubrió de manera pavorosa. Estaban expectantes a que diga algo más pero sus labios se habían sellado y sus ojos estudiaban la reacción facial de sus hijos. Su esposa, a su lado, llegó a suspirar y levantó las cejas. El mayor de sus hijos había dejado de masticar porque sus pensamientos corrían a la velocidad del rayo y pareciera que no podía hacer las dos cosas al mismo tiempo. Se le ocurrieron muchas preguntas pero no llegó a formular ninguna. Solo giró su cabeza a su izquierda para mirar a su hermano que no le devolvió la mirada pero sí abrió la boca.
—Vos nos estás haciendo una joda —juzgó el menor.
—¿Cómo que una joda? —se calentó el padre—. ¿Cuándo les mentí a ustedes? —apoyó los antebrazos sobre la mesa y abrió bien los ojos.
Ninguno respondió. Creo que ni siquiera se esforzaron en buscar una respuesta porque sabían de antemano que no la había.
—¿Vos nos estás diciendo que viste un alienígena? —el mayor consiguió preguntar y el espasmo se le embarró de emoción.
—No, yo no dije ‘alienígena’, viste muchas películas y seguro estás a un paso de imaginar una invasión en la que hay que proteger la tierra y la patria —asomó una sonrisa entre los hijos luego de su respuesta—. Prefiero nombrarlo como un ‘ser energético’.
—¿Y cuál es la diferencia? —preguntó su esposa que hasta ese momento se había mantenido al margen.
—No lo sé, todavía lo estoy pensando, pero desde ya que no es la misma connotación —se quedó en silencio por un rato, como divagando entre sus emociones—. Lo sentí más como una experiencia espiritual que extraterrestre.
—¿No sentiste peligro? —volvió a preguntar su esposa que había tomado su mano.
—Para nada, al contrario, lo sentí pacífico —explicó él devolviéndole el cariño con la mirada.
—¿Y la puerta abierta, papá? —el mayor intentó retomar un tono enojado pero no le salió.
—No sé qué pasó con la puerta —miró hacia arriba como intentando revivir los momentos al entrar y salir de la cabaña—. Estoy tan sorprendido como vos pero también estoy seguro de haber cerrado con llave.
—¿Creen que la puerta pueda estar relacionada con la luz? —les preguntó la madre.
—¿Y si las dos cosas estuviesen relacionadas que significarían? —respondió el padre con otra pregunta.
—Tampoco sé —respondió el mayor y bajó la cabeza con la mirada perdida entre las migas de pan sobre el mantel de la mesa.
La imaginación revoloteaba como un pájaro sobre sus cabezas. Sus rostros denotaban el primer esfuerzo de encontrarle sentido al acertijo indescifrable. Todos parecían estar ensimismados en sus pensamientos excepto el menor que parecía mirar hacia mi dirección. ¿O me estaba mirando a mí?
—¿Y si preguntamos a alguien si sabe de algo parecido? —preguntó el menor y todos lo miraron.
—Si, preguntemos —respondió su padre animado— ¿Pero a quien?
—Podría ser a ella —respondió sin sacarme la vista de encima.
Los padres se dieron vuelta y me clavaron la mirada. Yo todavía seguía parada a unos metros de distancia. En ese momento me di cuenta de lo extraño que podía ser que ya hubiesen pasado cerca de treinta minutos y yo todavía no me había movido para hacer nada. Me puse nerviosa al pensar que pudiesen sospechar que violé su intimidad. El corazón me dió un vuelco cuando el padre levantó la mano para llamar mi atención. ¿Y ahora? Las manos tras mi espalda me transpiraron. Pasaron unos segundos que parecieron eternos hasta que asentí y me acerqué despacio a la mesa pensando soluciones a no sé qué interrogantes. Cuando llegué hasta ellos miré alguno de sus rostros de manera fugaz y pregunté si necesitaban algo sabiendo que solo tenían hambre de respuestas.
—Va a ser un poco extraño lo que te voy a preguntar —empezó el padre que buscó mi mirada con una sonrisa de inseguridad— ¿Sabés de alguien que haya visto algo extraño a orillas de este río? —terminó de preguntar con un gesto de la cabeza hacia la ventana.
Sentí en sus palabras la sinceridad que pocas veces escuché. En cambio, yo no fui sincera. Todavía no se porque pero mentí con mi duda, mentí con mi actitud de que no sabía lo que estaba pasando.
—¿Algo extraño, señor? —curioseé con el mejor tono que pude.
El padre buscó ayuda en sus hijos, ellos se miraron y el mayor reformuló.
—Algo extraño, como una luz blanca que flota y desaparece. —me preguntó y puso la cara que pone quien se sorprende de lo que dijo.
—¿O alguna vez sentiste un temblor que se parece más a un zumbido que a un terremoto? —preguntó el menor que parecía ser el único que sospechaba que yo estaba haciendo tiempo.
Parecía una locura lo que me estaban preguntando. La esposa y los hijos estaban expectantes a que dicte una sentencia, la cual, sea cual fuese, después iban a juzgar. En la cara del padre solo podía ver sinceridad y un deseo inmenso de que le diera la razón. Pero si yo mentía confirmando alguno de estos sucesos su historia hubiese perdido singularidad. Hubiese demorado segundos más extensos para formular una respuesta más oportuna pero no me dí más tiempo.
—Perdón, pero nunca vi ni sentí nada parecido —les respondí y fue la última vez, hasta el día de hoy, que dije algo a alguno de ellos.
Permanecimos mirándonos durante unos segundos como suspendidos en el silencio. El padre, lejos de considerar mi comentario como una sentencia a su experiencia, movió su cabeza hacia la ventana y probablemente observó el camino que surcaba la pileta y los juegos.
—No esperarán que lo que me pasó le pase a todo el mundo —dijo con una sonrisa a sus hijos—. Gracias por tu tiempo, ahora nos vamos —me dijo y vi un destello en sus ojos.
Asentí con la cabeza pero me costó dejar de verle el recuerdo grabado en la mirada. ¿O solo había sido el sol de la mañana atravesando el vidrio e impactando en sus pupilas? Salí del trance cuando él se volvió a dirigir a su familia y me di vuelta. Mientras me dirigía a la cocina para tomar un sorbo de agua escuché los ruidos que hicieron al abandonar sus sillas y caminar hasta la puerta de salida. Probablemente volvían a la cabaña para cargar sus mochilas en el auto y emprender su regreso.
La historia estaba llena de misterio. Durante muchos años cada uno de ellos se cuestionará su rol en ella y si hubiese podido ser diferente. El mayor de los hijos se preguntará si la puerta abierta no fue una invitación para acompañar a su padre, pero son raras las invitaciones que no te dejan ver más de cinco pasos al frente. El menor cuestionará a su hermano por no haberlo despertado, él creerá que hubiese tenido la valentía de salir. Su esposa se apenará de no haber tenido la voluntad de levantarse para acompañarlo cuando se lo ofreció. Todos hubiesen querido escoltarlo en ese momento, no para verificar lo que les contó, no porque dudasen de su historia, sino todo lo contrario, porque no podían no creerle. Pero la verdad es que si cambiaba cualquiera de esos factores el resultado hubiese sido diferente. ¿O no? Esa mañana, al igual que ellos, me llené de inquietudes y curiosidad.

Epílogo del día de contacto
La idea de la luz sobrenadó mis pensamientos desde aquella mañana y nunca perdió flote. Pasó una semana hasta que me armé de valor para madrugar y caminar hasta el río con la esperanza de encontrarme con algo que me cambie para siempre. Tuve miedos dicotómicos: el primero relacionado con encontrarme realmente con lo que estaba buscando, el segundo relacionado con no encontrarme nada. Por las descripciones del relato supuse tener seguridad sobre el terraplén donde él esperó sentado. Cuando llegué al lugar me senté sobre la arena y directamente puse la vista sobre la orilla y los sauces del frente. Aguardé mientras el tiempo y el río fluían a mi alrededor. Amaneció sin suceder nada pero eso no me desmotivó lo suficiente como para no volverlo a intentar al día siguiente. No podía suponer que me sucedería semejante evento a la primera tentativa, porque si el encuentro fuese así de fácil no sería digno de convertirse en historia.
Después de varias madrugadas cambié de lugar porque surgió la idea de que me había equivocado. Hay una dificultad en todo esto y es que el río está vivo, mueve la arena y cambia su cauce centímetro a centímetro. Nadie se baña dos veces en el mismo río, dijeron una vez hace mucho tiempo. ¿Pero porqué supongo que eso puede modificar la posibilidad de que el evento se repita? Luego lo empecé a intentar de manera más esporádica y cambié de estrategia. Llegué hasta a comprar frutos secos, llevé también una reposera y una botella de agua. Intenté replicar el momento con la mayor exactitud posible. En ese momento me detuve al darme cuenta de que me había obsesionado. Lo único que nunca iba a poder replicar era la intención inocente de solo querer ver el amanecer, estaba condicionada.
La última vez que lo intenté fue a finales de otoño y por la mañana hacía mucho frío. Ya había perdido el entusiasmo cuando me senté a orillas del río y abracé mis rodillas robustas de abrigo. Observé el agua que rodeaba algún terraplén de arena que ya no era el mismo que el de hacía unos meses, miré los oscuros sauces del otro lado, las estrellas encima de ellos y suspiré. No tuve suerte. ¿O no era una cuestión de suerte? Ya me había rendido cuando puse la vista sobre las Altas Cumbres y el cielo. Las estrellas eran la única fuente de luz bajo la negra cúpula espacial cuando la cumbre de la inmensa montaña que cubría el horizonte de mi vista se pintó de rojo. Sonreí y la arena empezó a temblar.

Durante el proceso de escribir esta historia me junté con mi padre varias veces para reconstruir los hechos y en una de esas vueltas le pregunté si recordaba el nombre del complejo de cabañas donde nos habíamos alojado. Me dijo que no recordaba pero que iba a buscar. Al día siguiente me envió la foto del mapa de Mina Clavero y subrayado el nombre de un lugar. Entre sorprendido y emocionado me dijo que por las fotos estaba seguro de que había sido ahí. El complejo hoy, al día de escribir estas palabras, se llama: «Cabaña luz de mis ojos». Creemos que no era ese el nombre años atrás.
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