En el año 2013 sucedieron muchas cosas, algunas cambiaron el rumbo del mundo religioso y otras cambiaron el rumbo de mi vida.
En marzo de ese año asumió como representante de la Iglesia Católica, la mayor institución espiritual del mundo, un argentino. Por primera vez en la historia el sucesor de Simón Pedro era jesuita y no era europeo, atributos nunca antes permitidos para elegir al Sumo Pontífice. Probablemente los cardenales de aquel cónclave entendieron que la decadencia popular de la institución era preocupante y decidieron patear el tablero. Jorge Bergoglio, en una jugada magistral para anticipar de qué se iba a tratar su pontificado, se hizo llamar ‘Francisco’ en honor a Bernardone de Asís y, en la misma dirección, rompió protocolos tradicionales y de sentido monárquico. Recuerdo con alegría los vítores y abrazos de mis dos abuelas cuando las visité y me compartieron la noticia. En ese momento no entendía ni dimensionaba el alcance de este singular suceso.
En julio, tan solo unos meses después de la asunción, se realizó la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), quizás el evento espiritual más masivo del mundo. Los jóvenes latinos tuvimos la suerte de que el mismo se celebró a la vuelta de la esquina, en Rio de Janeiro. Mi madre, por aquel entonces en un salto visionario me preguntó si no quería ir, dijo que era posible entrar en la organización. El plan era viajar a tierras cariocas durante una semana y gestionar, junto con otros jóvenes de diferentes partes del mundo, los ingresos y actividades del evento. Le respondí que no me interesaba. Los que me conocen bien se darán cuenta lo diferente que era por aquellos años. Con el diario de hoy podría agarrarme la cabeza y cuestionarme con dedo acusador el haber perdido tremenda oportunidad. Pero ojo con la trampa, porque no nos debemos castigar por las cosas que en el pasado no nos interesaron y no hicimos. Sí debemos ocuparnos de las cosas que en el presente nos interesan y tenemos la oportunidad de hacer. En aquel evento, rodeado de jóvenes sedientos de un sentido universal que mancomune al género humano, Francisco dijo al menos dos frases célebres: “salgan a la calle y hagan lío” y «vayan sin miedo a servir». Estoy convencido de que a todos los allí presentes se les erizó la piel. La jornada marcó el estilo pastoral que luego caracterizaría todo su pontificado: cercanía, humildad y fuerte compromiso social y ambiental.
A finales de septiembre y entrando a la primavera me descubrieron, de puro rebote, un tumor que crecía en mi paladar. Rápidamente mi vida giró ciento ochenta grados y me encontré internado en un hospital, sedado, sin poder hablar y con un dolor de cabeza que me partía al medio. No exagero si les digo que la operación y el postoperatorio fueron muy difíciles. Salí de esa situación con la consciencia expandida y poco a poco fueron decantando ideas y fui construyendo pilares mentales que hoy me definen: la vida es frágil y puede escaparse en cualquier momento, el mundo es enorme y está ahí para explorarlo, las desigualdades en el punto de partida de crecimiento de cualquier persona son una injusticia, se pueden resolver y es nuestra responsabilidad resolverlas. Francisco fue, sin lugar a dudas, una de las personas que me inspiraron; nos invitó a soñar y soñé en grande. En ese momento tomé la decisión de nunca más rechazar oportunidades como la JMJ. Unos meses después, desprevenido en un viaje de colectivo de regreso de la facultad, me llegó la invitación para participar de un encuentro católico. Lo dudé por unos segundos hasta que me acordé de mi propio juramento y acepté la invitación. El encuentro se convirtió en muchos encuentros, que decantaron en el primero de muchos retiros, que dio paso a participar de un grupo que luego coordiné y con el que fui a misionar, fui monaguillo incontable cantidad de veces, hasta llegué a inscribirme en la Universidad de Santo Tomas de Aquino para estudiar materias como teología y metafísica. Durante todo ese proceso Francisco marcó la cancha y enardeció mi corazón. Esa etapa, que hoy siento tan lejana, asentó las bases, propuso el sentido y prendió el combustible para todos los proyectos sociales y humanitarios en los que participé después.
Probablemente sigo sin dimensionar lo importante que fue que durante nuestra juventud el mayor líder espiritual del mundo hablara nuestro idioma. Sin dejar de mencionar que Jorge y Francisco tuvieron contradicciones en la historia, la suma de sus aciertos y desaciertos a mí me da positivo. Francisco modernizó la estructura de la Iglesia sin romper con las tradiciones más arraigadas. A las mujeres laicas y monjas les concedió espacios y roles de poder que nunca habían tenido. Impulsó controles para evitar corrupción, lavado de dinero y malversaciones dentro del Vaticano. Estableció normas más estrictas para combatir los abusos sexuales. Escribió dos encíclicas: Laudato Si’ (2015) donde critica el modelo económico actual y llama a una “conversión ecológica”; Fratelli Tutti (2020) donde condena el racismo, el individualismo extremo y la indiferencia ante los migrantes. Promovió la paz entre los países y la convivencia entre las diferentes religiones. Cambió el tono de la Iglesia a una más pastoral, abierta y misericordiosa, hasta dio el ejemplo de ser modesto con su estilo de vida. E inspiró, inspiró un montón. Ojalá el próximo que venga le alcance los talones, pero aunque lo alcance, durante mucho tiempo, los argentinos no volveremos a sentirnos tan representados. Espero que lo hayamos disfrutado lo suficiente.

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