Llegué y junto conmigo llegó la lluvia. Cuando comenzó a caer con fuerza busqué atrás de mi espalda la capucha que no tenía y maldije mi falta de previsión. El viento venia con olor a sal porque estaba en un barrio popular en las periferias de La Feliz, Mar del Plata. Dejé a un lado del patio, contra la pared de la casita, la pala y la caja de herramientas que traje conmigo. Levanté la vista y vi con desgano la tormenta que se había instalado en el paisaje. El cielo era oscuro, las copas de los arboles se agitaban con fuerza y las gotas caían con ruido hasta ahogar la tierra. Rápidamente los pies se hundieron, el barro trepó por las zapatillas y el agua empezó a filtrar por las medias hasta molestar entre los dedos. Preocupado puse mis manos sobre la cadera. «Qué mala suerte», pensé. «Esto nos va a complicar el trabajo». La casita cuadrada y de dos ambientes estaba ubicada en un terreno un poco más grande que ella. El terreno estaba rodeado por un cerco de alambre agujereado por distintos lugares, lo que permitía, además del ingreso principal por el frente, diferentes ingresos accidentales a los costados. Al fondo del yuyoso patio, un sauce gigante, y debajo de él, un montón de juguetes de plástico de colores apagados por el paso de las inclemencias del tiempo. Busqué con la mirada dónde pisar firme pero tal lugar no existía: bajo el cielo llovía, bajo el árbol llovía, y bajo el techo de la casa del niño que fui a visitar también llovía. No había escapatoria, no había a dónde salir corriendo.
Entonces, por detrás de la pared que daba contra el cerco que separaba el terreno del vecino, como espiando quién había llegado, apareció Thiago, y nos miramos. El flequillo castaño caía mojado sobre su frente, la remera apretaba contra su torso y los pantalones ya goteaban por sus costados. Yo debía estar igual, solo que además estaba inquieto. Veo sus ojos negros y leo su vida; me dice que, desde que recuerda, cada vez que llueve, el agua se filtra por los agujeros de la chapa vieja del techo de su casa; el viento húmedo pasa, sin pedir permiso, por las esquinas sin ladrillo. El agua cae goteando y resbala por las paredes; su cama, su mochila y zapatillas, todo se moja. Estar afuera o adentro es indistinto. Al instante de nacer aprendió que no tenía donde salir corriendo. Él miró mis ojos marrones y también leyó mi vida; sin querer le dije que tuve un poco más de suerte, que yo siempre disfruté la lluvia mientras la veía caer desde la ventana, y hasta era un acto de gracia y picardía salir a mojarse unos segundos. También leyó que yo estaba de visita por un rato, que venía de un lugar donde las soluciones están al alcance, y que probablemente por eso tenía el corazón medio duro. Con una inmensa vergüenza porque mis ojos habían delatado la verdad, me acerqué y le pedí perdón. Me perdonó, nos abrazamos y aunque el agua seguía cayendo, sentí que ya había parado de llover.

Jugar en el barro un día puede ser divertido, pero jugar en el barro toda la infancia deja de serlo y, a esta altura de la historia, es una injusticia.
Deja un comentario