Aplaudimos. Porque claro, no hay timbre y no lo habrá por mucho tiempo.
No atiende nadie, son las nueve de la mañana y se empieza a levantar el calor que va a quemar al mediodía.
El viento sopla libre y levanta la tierra que juega entre nuestras pestañas.
El barrio se llama ‘Nueva Esperanza’ y es un descampado, no hay árboles, ni veredas, ni red de abastecimiento de agua; solo yuyos y casitas de madera o ranchos de cartón.
Aplaudimos de nuevo. Pasa un rato. Se abre una puerta de madera y asoma, tímida, una niña. Se llama Briana.
– ¡Hola! ¿Está tu mama? – Le pregunto.
Hace unos meses le hice la encuesta a ella y a su familia pero no me reconoce. Aunque ve nuestras remeras y se da cuenta de que somos del mismo grupo que construyó la casa donde ahora duerme. Sonríe y sale galopante.
– Vengan pasen. – Se nos acerca como si nos tuviese que abrir la puerta de ingreso al patio, pero no hay puerta, solo un alambre que divide el terreno de la calle, solo su cordialidad.
Nosotros damos un paso y sonreímos para dar muestras de gratitud por la invitación.
– ¿Pero está tu mamá?
– ¿O tu papá? – Pregunta mi amigo.
– No, porque salieron a hacer una changa, pero pasen. – Y nos sonríe de nuevo.
Cuando, a su edad, mis viejos me dejaban solo en casa, a veces no daba más de la angustia. Temblaba de un miedo protegido de rejas, portón y un conjunto de instituciones de seguridad que rodeaban mi barrio. A ella no la protege nada, la puede hasta matar el alambre oxidado que rodea su terreno, cualquier maldito podría entrar y llevársela sin dejar rastro, su historia no la contaría nadie.
Hay un abismo entre su infancia y la mía. Hay una injusticia.
– ¿Sabes cuándo vuelven? – Estamos apurados, el tiempo corre en el barrio y tenemos que visitar otras ocho familias.
– No. – Me agarra de la mano y tira de ella. Me rompe el corazón saber que se la voy a soltar, si no me tuviese que preocupar también por mi vida me quedaría así, aferrado para siempre.
– Perdón, pero nos tenemos que ir, avísale a tus papás que pasamos y que tenemos que firmar unos papeles. ¿Dale? – Ella asiente con su cabecita.
Pegamos media vuelta, cruzamos el alambre asesino y nos fuimos. Nos alejamos mirando el piso. Siempre reflexionando.
Al rato, escucho unos piecitos correr detrás nuestro. Me doy vuelta, la niña de nuevo. Lleva algo en la mano y me lo entrega. Una hoja doblada en cuatro.
– Toma, es para vos – Me dice con picardía y corre de regreso a su nueva casa.
Abro el papel y, dibujada con lapicera azul y algunos colores, veo la vivienda de madera, el módulo habitacional de dos aguas que construimos a familias en situación de emergencia. Hasta nuestra creatividad esta condicionada por el entorno. Pienso que, de niño, nunca hubiese dibujado eso y se me llenan los ojos de lágrimas.
Un abismo en el medio. Un Estado ausente. La lucha por construir un puente.

Este dibujo me fue entregado en junio del 2019. Al día de hoy lo guardo entre mis cosas como un tesoro.
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