Era sábado y como todos esos días a la madrugada caminé hasta la parada de la Av. Caraffa, el 14 me dejaría en algún barrio popular de zona norte. Hacía unos largos minutos me avisaron que habían subido en el centro y venían para acá. Estaba jugado con el tiempo, pero aun así crucé la calle y entré a la panadería. Compre criollos y unas medialunas, porque siempre hay alguno que a mitad del viaje se acuerda que no desayunó. Salí del local y volví con prisa porque el colectivo llegaba a toda velocidad. Por poco lo pierdo; solo el universo entiende porque llegamos o no llegamos a tiempo a los lugares. Subí, pasé la tarjeta, levanté la vista y sonreí. Me sonrieron también. Ahí estaban, muchos de ellos amigos, y otros solo compañeros, con los que comparto el respeto y la admiración por su esfuerzo. Me acerqué unos pasos, saludé a los primeros con un abrazo, a los del fondo con un gesto de la mano, y me sumé a sus conversaciones sobre la facultad, los amores y los viajes. El 14 dobló para empezar a hacer la subida del Cerro y dio una sacudida que me hizo tropezar con alguien detrás de mí. Giré para ver quien era y me encontré con su cabello moreno y sus ojos marrones. Con un gesto de la cabeza nos disculpamos, nos reímos y comentamos por lo bajo que el colectivero se había levantado medio cruzado. Estaba ofreciendo un criollo cuando volvimos a sentir otra sacudida. Esta vez el colectivo se había subido a la isleta de la Av. Núñez y se bajó de ella pero en el carril opuesto. De frente venía otro colectivo a toda velocidad y escuchamos el grito de su bocina. Con cara de miedo, tanteamos desesperadamente con nuestras manos, nos agarramos de un amigo, de un asiento, de la ventana. Sin llegar a despedirnos y sin dejar de escuchar nuestros gritos ahogados, escuchamos otro ruido: un estruendo, fuerte y desgarrador.
Como quien se ahoga en el agua y busca desesperadamente llegar a la superficie para inflar los pulmones, me desperté. Me encontré sobresaltado en mi pieza, pero ya no se escuchaban los vidrios estallar ni los asientos chocar; hubiese sido silencio absoluto de no ser por la respiración de mi hermano en la cama de al lado, y el ruido que mi mamá hacía al meter su mano en el cajón del baño para buscar el peine. Todavía estaba girado sobre mi hombro derecho cuando me di cuenta de que mi cuerpo estaba tenso; mi mano derecha sostenía con fuerza las sábanas y mi mano izquierda la almohada. Me acomodé con el rostro mirando el techo y sentí mi corazón desacelerar. «Que pesadilla más terrible», pensé con los ojos llenos de lágrimas. Mientras esperaba el momento en que mamá nos llamara para despertar y vestirnos para el colegio, divagué entre esos recuerdos del sueño que duran frescos solo los primeros minutos de la mañana. Las memorias iban y venían como van y vienen las hojas cuando el árbol las suelta, ellas se esfuerzan por ralentizar su bamboleo final. Eran conversaciones que nunca había tenido, con rostros de personas que nunca había conocido, sin embargo, ahí estaban; con nombre y apellido me hablaban. Toda la pesadilla me parecía ajena excepto una cosa: era yo.
El timbre de salida sonó a las 13hs y nos encontramos con mi hermano en la puerta del Zorrilla, esquivamos el ejército de niños encontrándose con sus padres y encaramos las cuadras que nos separaban de la Av. Núñez. Como todos los martes, almorzábamos en casa de la abuela que quedaba cerca del colegio, y como yo ya tenía edad para saber el recorrido, y para cuidar de mi hermano, es que no hacía falta que nos pasaran a buscar. Para lo que no tenía edad era para el sueño de anoche; todavía quedaban retazos que me persiguieron toda la mañana. A esa altura del día los sueños solían desaparecer del mapa, pero este todavía se me confundía con la realidad. Pensaba en el colectivo mientras las rueditas de nuestras mochilas hacían ruido al pasar sobre los dibujos de las baldosas. Cada vez que subía o bajaba cordones las rueditas hacían esfuerzo al chocar contra la vereda o la calle, pero las ruedas del colectivo habían subido y bajado la isleta sin esfuerzo. Llegábamos a la Núñez cuando empezamos a escuchar mucho alboroto, se veía una marea de personas caminando sobre la avenida en dirección a la bajada del Cerro. Era una manifestación, pero no entendía el motivo. Le dije a mi hermano que esperara en la esquina y, curioso como soy, me zambullí en la multitud. De lejos y sobre la vereda del frente vi lo que parecía un cartel, entonces me acerqué para leerlo. Después de esquivar a muchas personas llegué a hacer contacto visual con la chica que lo sostenía. Me frené en seco; la conocía y no sabía de dónde. Estaba sentada sobre la vereda con las piernas cruzadas, parecía un poco mayor que yo, era delgada, de tez blanca, su pelo oscuro caía liso sobre su espalda, y dos lunares se perdían en su cara. Tenía sus ojos marrones clavados en mí. En ese momento me acordé, se me erizó la piel y un hormigueo me recorrió de abajo hacia arriba hasta la nuca. Levanté un poco la vista y leí el cartel que sostenía con sus brazos en alto: «La eternidad para conocernos».

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