La Gran Explosión
es indiferente a nuestro pulso.
La maldita entropía,
asesina serial,
es amiga del destino mortal.
El reloj universal no tiene piedad;
el tiempo es relativo,
y contar agujas un sinsentido.
¿Cuándo entenderemos?
Que el tiempo es la imagen
de la eternidad en movimiento.
Que el espacio es la sombra fugitiva
del palacio en el cielo.
Supe de ancianos moderados que, angustiados, se despidieron de sus seres queridos porque de sus dedos escapaban sus últimos momentos; leí de jóvenes revolucionarios que, inflados de gloria, sonrieron a un amigo y exhalaron su último suspiro. Trotamundos buscaron sin éxito el paisaje perfecto; conozco algunos encantados con el primero. Inconformistas, deseosos de mil vidas, tropezaron caprichosos con incontables pares de ojos, y a pesar de sus inconmensurables tonalidades y matices de colores, los descartaron a todos; en cambio, los enamorados, no dejaron de buscar, hasta encontrar, ese par de ojos sobre los que alguna vez su mirada descansó en paz. Inversionistas del último siglo apuestan todo a la materia, descartan el espíritu y se ahogaron en acciones y monedas. Intelectuales se creyeron conocedores del Todo, agotaron su tiempo leyendo y estudiando, mas no fueron capaces de salvar la vida de uno solo. Pero hay testimonio: escuché la historia de un hombre que durante treinta años vivió oculto; solo le hicieron falta sus últimos tres para cambiar el curso del mundo.
No importa cuantos momentos conozcamos,
es importante que nos enamoremos de al menos uno.
No promete cuanto hagamos,
sino habernos sentido pleno y ayudado a alguien a serlo.
No es trascendental cuanto vivamos,
sino la intensidad de lo vivido.
Deseo que podamos ser libres del tiempo,
para morir con alas que apunten al cielo.

Escrito en algún momento del 2014,
rescatado de las notas del celular.
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