“Hermanos, no se cansen de nosotros, cargaremos siempre en nuestros corazones el amor que nos han mostrado”

Bem-vindo al continente negro
Junto a un grupo de jóvenes estudiantes, la mayoría con trabajo, todos voluntarios de distintas actividades y proyectos comunitarios que se gestan en los barrios populares de nuestra patria, nos preparamos durante meses, casi un año, en materia constructiva, cultural y habilidades blandas para viajar a Mozambique, con el objetivo de construir aulas en comunidades rurales de aquel país. La previa en Argentina no solo consistió en capacitarnos sino también en recaudar fondos para comprar los materiales de construcción. Por ese motivo es que cocinamos y vendimos comida, organizamos eventos musicales, un show de creatividad y una campaña de crowdfunding.
Este relato de la travesía comienza en Eswatini, una de las dos monarquías que, geográfica y políticamente, se enclavan dentro de Sudáfrica. Éramos cuatro cordobeses caminando por las calles calurosas y desconocidas de Manzini, cargando con pesadas mochilas y disfrutando del paisaje que nos acorralaba. En el horizonte, por encima de los techos de la ciudad, respiraba la montaña repleta de selva verde. Antes de encontrar el paradero del resto de argentinos que nos esperaban para emprender viaje a Moçambique nos perdimos una y dos veces. Nos dieron mal las indicaciones, o nosotros no las entendimos. Aplaudimos y tocamos timbre en muchas casas, preguntamos por un grupo de extranjeros, pero el denominador común que recibimos como respuesta fueron caras de desconocimiento e incomprensión.

Por suerte la insistencia nos encontró y nos saludamos por primera vez. Cargamos los bolsos y subimos a la trafic que nos esperaba. Los conductores eran dos nativos, supuestamente de confianza, recomendados por otra persona en quien, supuestamente, también confiábamos. Eran la recomendación de la recomendación. El viaje era de cuatro horas hasta Maputo, la capital de nuestro destino. Ni siquiera habíamos salido de la ciudad de Manzini cuando el viaje se detuvo, la sensación de confianza, si alguna vez la tuvimos, se desmoronó. Los dos conductores frenaron en una estación de servicio, se bajaron, y un tercero que los había estado esperando sentado en la vereda, se les sumó. En su lengua nativa, completamente incomprensible para nosotros, y a unos metros detrás del vehículo, comenzaron a debatir. Nosotros escuchamos y cruzamos miradas de confusión. A través del espejo retrovisor y asomando las cabezas por las ventanas es que vimos como dos de ellos cruzaron dinero, mientras el otro se acercó a la trafic y le cambió la patente. Fue en ese momento cuando, instigado por mis compañeros, me bajé y acerqué a los conductores. En inglés les pregunté, para confirmar, si nos llevaban al hostal Fatima de Maputo. El nuevo desconocido, entre sorprendido y enojado, repitió la palabra “Maputo” dirigiéndose a los otros dos. Con una seña de mano me mandaron de nuevo a la trafic donde aguardé con el resto. Luego de un rato vimos alejarse, con las manos en los bolsillos, a las dos personas que nos trajeron, el nuevo chofer se subió con una lata de speed y sin presentarse arrancó el motor. Medio dormido nos condujo por las peligrosas rutas hasta la frontera, y de ahí, por suerte, hasta Maputo. En el camino, nos conocimos entre nosotros, bromeamos sin cansancio con lo divertido que sería contar esta anécdota en caso de no ser un secuestro y, entre risas, comenzó nuestra relación de amistad.
Ya en Maputo, pasamos la noche en el hostal, allí nos encontramos con nuestras coordinadoras del programa y con un equipo de santafesinos. A la mañana siguiente, nos subimos a otra trafic que nos llevó hasta el instituto de profesorado de la ciudad de Maciene, donde dimos por terminada la capacitación que habíamos comenzando hacía mucho, del otro lado del mundo. Luego nos separaron: a nosotros, los cordobeses, y a la mitad de los bonaerenses, nos llevaron a Mangundze, donde nos acogió el sacerdote Arias; a los demás los llevaron a Chibuto, donde fueron recibidos por un grupo de monjas.

Abrí este pequeño y personal relato de nuestra aventura con ese recuerdo, que mezcla lo cómico con lo riesgoso, no como una crónica de características únicas y aisladas del resto de situaciones, sino todo lo contrario, por la carga de incertidumbre que se replicó y manifestó de diferentes formas durante todo lo que duró nuestra estadía. En África aprendimos que había situaciones sobre las que podíamos tomar cartas en el asunto, pero había otras en las que no podíamos hacer nada y nos dejamos arrastrar por el destino. Nuestra cultura occidental nos enseña que nada se nos puede escapar, que todo tiene que estar ordenado y planificado, pero por más esfuerzo que hicimos por encuadrar el porvenir, surgieron a cada rato muchísimas situaciones impredecibles, y tuvimos que aprender a convivir con eso.
El cura albiceleste
Juan Gabriel Arias es argentino y sacerdote, querido y reconocido, por su obra, en todo el mundo. Misiona en Mozambique desde hace veinte años y vive allí desde hace otros seis. «Juanga» trabaja en la “Missão São Benedito de Mangundze”, una iglesia ubicada en el distrito de Manjacaze, provincia de Gaza. Desde ese lugar, nuestro anfitrión gestiona muchos proyectos humanitarios en colaboración con diferentes actores sociales, los cuales describiré a continuación.

En la misión, junto con enfermeras de la región, mantiene la única sala de enfermería en decenas de kilómetros cuadrados. En ciertos momentos del año recibe médicos de distintas partes del mundo que vienen con recursos, instrumentos y la voluntad de atender y enseñar. También recibe donaciones de la Fundación Messi, con las que adquiere alimentos y manda a repartir a las escuelas de la zona. El destino de esos alimentos es el desayuno de 15 mil estudiantes, siendo, en muchos casos, su única comida en el transcurso del día. También recibe donaciones de industrias textiles, que entrega a trabajadoras que viven en la misión; ellas cosen y luego venden o donan sus productos según la necesidad. Además, colabora con empresas constructoras con las que construye o repara pozos de agua para las comunidades. Establece convenios con la Universidad Católica para que mozambiqueños puedan viajar a nuestro país a estudiar. Juanga es una pieza fundamental de “Somos del Mundo”, organización con la que gestionamos la construcción de las aulas. Por último, y no menos importante, realiza todas las actividades que incumben a un sacerdote: dirigiendo una parroquia muy extensa, que cuenta con 45 capillas, las más lejanas a 90 kilómetros de la misión; y está a disposición de la comunidad las 24hs del día; ya sea para expiar los pecados de algun feligrés, o para socorrer a un niño picado por algun animal venenoso en medio de la selva. Ese ejemplo de persona nos recibió en su casa.

Juanga es hincha fanático de Racing, lleva tatuados en su brazo derecho a la Virgen y el escudo de la Academia. Pintó de celeste y blanco la fachada de la iglesia de Mangundze y los colores no fueron elegidos al azar. Para los hinchas, lo hizo en honor al club; para los religiosos, representan el cielo y la pureza; y para los patriotas, evocan la bandera que lo vio nacer. Es capaz de complacer a todos. Armó un equipo de fútbol con los jóvenes de la región, con los que competimos alguna tarde de fin de semana. Juanga es capitán, entrenador y director espiritual de esos chicos, los conoce como a sus hijos.
Para nuestro primer domingo en Mangundze, Juanga nos invitó a misa. No podíamos faltar porque sería el evento formal de nuestra bienvenida. La comunidad estaría ahí, esperando conocer a esos jóvenes de tez blanca que venían de muy lejos a trabajar con ellos. La noche anterior, me tomé el atrevimiento de pedirle a Juanga ser monaguillo, y me respondió sin rodeos que a las 7:15 tenía que estar en la sacristía. Ansioso por la oportunidad desperté mucho antes que lo necesario, salí de nuestras habitaciones con un libro bajo el brazo, caminé los metros de arena y pasto que me separaban de la Iglesia, y frente a la cruz, mientras esperaba, adelanté un capítulo de “La Peste” de Albert Camus. Por la falta de comunicación con el mundo no lo sabía, pero en ese mismo momento, en China, se estaba caldeando un virus que iba a frenar el mundo. La misa fue en “changana”, lengua autóctona de la región, por lo que no entendimos nada, pero percibimos todo. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba con tanta alegría la ceremonia principal de la Iglesia. Después de esa misa, nos invitó a un casamiento en el mato, algo imposible de rechazar.

Corta descripción histórica y socio-económica de Mozambique
Mozambique era un territorio, como el resto de África, repleto de diversas comunidades y culturas obligadas a convivir en un Estado-Colonia. En este caso particular, el territorio fue colonizado por Portugal. Las comunidades conservan hasta el día de hoy sus lenguas nativas, las cuales son las que aprenden desde niños en sus hogares; más tarde, al ingresar al colegio, aprenden el portugués. La guerra por la independencia de Mozamabique duró 10 años, recién en 1975 pudieron celebrar la victoria contra sus colonos. Sin descanso alguno entraron inmediatamente en otra guerra, pero interna, que duró otros 15 años, para decidir la orientación de la nueva nación. El combate por la libertad y el poder, la sangre y el sacrificio, calaron tan hondo en sus vidas que es la única bandera del mundo que lleva dibujada un arma. Hasta el día de hoy se producen enfrentamientos en el norte del país entre las milicias y grupos terroristas vinculados con el Estado Islámico. Una de las precauciones que reiterativamente nos pidieron que tengamos, era que cuando nos metamos al mato, estemos atentos al camino, porque nuestros pies se podían encontrar con alguna mina terrestre todavía activa. Es un país joven que todavía padece las cenizas de la guerra y no llega a tener 50 años de democracia.
Mozambique se encuentra entre los 10 países más pobres del mundo, y su ubicación exacta en la tabla depende del análisis socioeconómico. Sin embargo, es un país rico en recursos energéticos, minerales, forestales y marítimos, pero éstos son explotados por un reducido número de multinacionales. Estas empresas llevan a sus empleados cualificados y localmente contratan mano de obra barata, sumado a la baja carga impositiva y al bajo control estatal, giran a sus casas matrices abrumadoras cantidades de dinero, y dejan a su paso un escenario ambiental devastado, dando lugar a elevados índices de desigualdad. Alguna de estas empresas son: TotalEnergies (Francia), que principalmente extrae gas en la cuenca del río Rovuma; ExxonMobil (Estados Unidos) que también explota gas en la misma región de Rovuma; Rio Tinto Group (Reino Unido/Australia) extrae carbón de la región de Tete; Syrah Resources (Australia) extrae grafito de la mina de Balama; Kenmare Resources (Irlanda) extrae otros minerales pesados de la mina de Moma; entre muchas otras.
Existe muy poca información cuantitativa en relación a la calidad de vida de los mozambiqueños. Esto se debe a la limitada estructura del Estado, que cuenta con muy pocas instituciones y funcionarios capacitados para enseñar y aplicar encuestas y metodologías estadísticas. Sin embargo, encontré algunos datos. Según el Banco Mundial, desde comienzos de este siglo hasta 2019, el PBI de Mozambique siempre creció de manera constante, a tasas que oscilaron entre el 3% y el 12%, llegando a duplicar el PBI per cápita en ese mismo período de tiempo. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la pobreza multidimensional en Mozambique es del 72,5%, y la pobreza extrema (personas que viven con menos de $1,90 dólares por día) alcanza el 62,9%. Mozambique se encuentra en la categoría más baja del Índice de Desarrollo Humano, en la tabla mundial ocupa el ranking 181 de 189 países y su Coeficiente de Gini aumentó del 0,47 (2008) al 0,54 (2019).

Es decir, que en los últimos veinte años, la economía del país creció sostenidamente, y de manera exacerbada en algunos años; sin embargo, la pobreza no disminuyó y la desigualdad aumentó considerablemente. Entonces, en Mozambique no se cumple la teoría del derrame, el crecimiento económico no se vio acompañado de la esperada disminución de la pobreza; el crecimiento fue inequitativo.
Mozambique tiene una población mayoritariamente campesina, el 68% vive en zonas rurales. La agricultura produce el 71% de los puestos de trabajo del país, pero solo aporta el 25% del PBI. En cambio, el sector de servicios genera solo el 24% de los empleos, pero aporta el 56% del PBI. Por su parte, el sector industrial produce el 5% de los empleos y aporta el 19% del PBI. La tasa de desempleo en Mozambique supera el 25%, y más del 90% de los que trabajan lo hacen en el sector informal, por lo que la población sobrevive principalmente produciendo su propia comida en granjas y huertas. A pesar del esfuerzo sobrehumano que realizan en muchos casos, una alta proporción de trabajadores, el 78%, no gana lo suficiente para salir de la pobreza. Y cierro este párrafo con una cita que de seguro alguna vez leyeron: “Si la riqueza fuera resultado del trabajo duro, todas las mujeres en África serían ricas”.
Mozambique tiene una de las tasas más altas de desnutrición infantil en el mundo, con más del 43% de los niños menores de 5 años que sufren retraso en el crecimiento (desnutrición crónica). Las personas con retraso del crecimiento a menudo tienen deficiencias físicas y/o cognitivas que pueden limitar su capacidad para progresar en la escuela, desenvolverse en la sociedad, hacer deporte o trabajar.

Para finalizar este pantallazo agrego un acontecimiento reciente que agravó la situación de los mozambiqueños. El 14 de Marzo de 2019, Idai, un ciclón de categoría 3 arrasó con 300 mil viviendas, inundó 700 mil hectáreas de cultivo y destruyó cerca de 3.500 aulas, más de 2 millones de personas fueron afectadas y al menos mil murieron. La escasez de servicios, junto con la contaminación de las fuentes hídricas provocadas por las tormentas, generó un preocupante repunte de malaria y cólera. Fue considerado por la Organización de las Naciones Unidas como uno de los peores desastres meteorológicos de la historia de África.
Estamos hablando de un país que si no es explotado por otras naciones o por empresas multinacionales, es devastado por desastres naturales, y sino, afectado por la ausencia del Estado en cuanto a políticas públicas y fiscales, baja redistribución de la riqueza y escasa planificación de los recursos.

El paisaje: tierra roja y verde mato
Más allá de las pequeñas ciudades y los 3 mil kilómetros de costa, todo lo que queda en el mapa mozambiqueño es mato. “Mato” es un término portugués que sirve para designar un territorio no cultivado en el que crecen plantas silvestres. En términos de densidad vegetal, es un punto intermedio entre la selva y la sabana. Para imaginar el paisaje, pensemos que la industria, supermercados y calles asfaltadas son características de algunas afortunadas y pequeñas ciudades comerciales. El asfalto se termina rápidamente, para convertirse en una calle de tierra rojiza que, a la vista, parece no tener fin. A ambos lados de la roja calle, el verde mato también se extiende interminablemente. Estas callecitas son de un solo carril y doble mano; por lo general, las personas no se desplazan caminando de un pueblo a otro debido a la longitud, el peligro y el calor de los trayectos. En su lugar, utilizan un medio de transporte al que llaman “yapa” que no es más que un vehículo privado con caja que se llena de personas hasta que no entra más ni un alfiler. Entonces caminan hasta que escuchan el ruido de la yapa rebotando por los vaivenes de la calle, hacen dedo, y solo si la caja no rebalsa de personas, tanto así que se pueden ver bebés o niños colgados de alguien y patinando en el aire, el vehículo frena y se suben. A los costados de la calle, además del mato, encontramos senderos angostos, que conducen a las comunidades, colegios, iglesias y con suerte, algún almacén en el que compramos gaseosa y cerveza a temperatura ambiente.
La mayoría de la población vive en el mato, entre bichos y animales, sin acceso a agua potable, electricidad ni a otros servicios básicos. La mayoría de las casas son de barro, algún afortunado puede tener casa de madera o blocos. Así también, la mayoría se mueve en yapas o transporte público, solo los afortunados tienen moto o bicicleta. Y con afortunados me refiero a las personas importantes de la comunidad que tienen trabajo estable, como lo son el director de la escuela, o el maestro mayor de obra de la zona.

Para entender cómo se ven las escuelas en las que trabajamos, debemos dejar de lado las ideas de lo que conocemos. No hay una estructura enorme con patios, salones, aulas y pasillos. Primeramente imaginemos que “la escuela” es el espacio central de cada comunidad, el lugar de encuentro. Es un área irregular podada en el que hay 2 o 3 aulas, separadas unas de otras por la tierra rojiza, una sala de profesores por allá, y por acá algún árbol con un pizarrón colgando de una rama. Alrededor de esta área central, salpicada de aulas, reaparecen de nuevo el mato y los distintos senderos que se hunden en la flora y llevan a las casas de cada una de las familias. Lo mismo sucede con las casas, nos olvidemos de la estructura firme con varios ambientes. Los terrenos familiares están salpicados de pequeños espacios construidos, principalmente, con barro y paja. Aquí se encuentra una habitación, al lado otra, a cinco metros el depósito de alimentos y herramientas, más lejos un pozo negro que hace de baño, y la cocina y el comedor son la sombra del árbol principal del terreno. Entre las familias, el mato como pared medianera.
Si pudiésemos observar desde el cielo, como los pájaros, el paisaje de senderos rojos entrecruzarse entre ellos, veríamos, como las telarañas, los caminos nacer en el encuentro de las aulas, e irradiar hacia las casas, extremos sinuosos e interminables.
Ni tsa quile cucutiva (estoy feliz de conocerte)
El proyecto consiste en construir aulas en zonas rurales de Mozambique. Con nuestro equipo de la Misión Mangundze, construimos en tres comunidades: en las dos primeras, construimos un aula en cada una; mientras que en la tercera dejamos dos aulas en proceso, habiendo adquirido y dejado los materiales necesarios para que la comunidad pudiera finalizar el trabajo. Gracias a este esfuerzo, cien niños y niñas ya no tendrán que estudiar bajo la sombra de los árboles ni bajo techos agujereados, sino en un aula que los resguarda de la lluvia, del sol y del viento.
El trabajo es siempre y exclusivamente comunitario, esto quiere decir que solo trabajamos si la comunidad lo permite y participa activamente con nosotros. No imponemos ni salvamos a nadie; el mensaje de colaboración y esfuerzo compartido. Nuestra labor nace de la comprensión de que en el mundo no todos partimos con las mismas oportunidades, y buscamos equilibrar esa realidad a través del trabajo conjunto.
El tiempo de construcción de cada aula es de aproximadamente siete días. Cada lunes, Jorge, la mano derecha de Juan Gabriel y encargado de manejar el camión con el que trasladan alimento a las escuelas, nos llevaba a nosotros con materiales y herramientas a la zona de la obra. Permanecíamos en la comunidad hasta el viernes, cuando él volvía para recogernos. Los fines de semana tampoco descansábamos; acompañábamos a Juan Gabriel a misas, visitábamos otras comunidades, o salíamos por nuestra cuenta a explorar.

La primer aula la construimos en la comunidad de “Cumbane A”. Recuerdo que estábamos preocupados porque llegamos tarde, nos demoramos en “Construa”, la empresa donde compramos el cemento, las maderas y las herramientas. Sin embargo, las madres y los padres del consejo escolar nos recibieron bailando y cantando. Quizás esta fue la comunidad con la que establecimos el vínculo más fuerte, tanto hasta el día de hoy recibimos noticias de ellos.
Aprendimos que el machismo está a la orden del día, los roles de genero están muy diferenciados. Las mujeres de la comunidad se pasaban el día sentadas bajo la sombra de un árbol cocinando para nosotros y para la comunidad. Siempre atentas a nuestra deshidratación, iban y venían con baldes de agua sobre sus cabezas, no solo para beber, sino también para bañarnos al final del día. Mientras tanto, los varones adultos construían con nosotros. Los niños y niñas correteaban por el terreno de la escuela. Para las chicas del equipo fue todo un desafío demostrar que ellas también podían construir, y un reto para la comunidad ver cómo esa fuerza femenina y de tez blanca se desenvolvía frente a sus ojos. Pero esa diferencia entre los sexos se cerró por un rato de manera espectacular el último día de la primera construcción. Esa tarde de viernes, Antonio, el “pedreiro”, se acercó a nosotros preocupado porque nos faltaban manos y fuerza para hacer la mezcla de cemento para el piso del aula. Estábamos atrasados y el cansancio de la semana nos estaba venciendo. Entonces, Antonio se dirigió a la sombra del árbol, intercambió unas palabras con el grupo de madres y abuelas que vigilaba nuestro esfuerzo, y algo que nadie imaginaba sucedió. Las mujeres se levantaron de la sombra, salieron al sol con sus cuerpos imponentes, quitaron las palas de nuestras manos, y de las manos de sus hijos y esposos, y comenzaron a mezclar el cemento. Durante esas últimas horas lo único que hicimos fue acercarles arena, cal y piedras, mientras ellas las revolvían y hacían trizas contra el piso.

En Cumbane A dormimos en el suelo de una de las aulas viejas de la escuela. Cada noche, antes de dormir, pasábamos horas acostados sobre la tierra mirando el espectáculo de estrellas fijas y fugaces. Las madres dormían en el aula contigua para cuidarnos y estar cerca en caso de necesidad. Al pasar por nuestro lado rumbo a su descanso, nos preguntaban por qué perdíamos tanto tiempo mirando el cielo estando tan cansados. Es universal que el ser humano valora más lo que no tiene. Nosotros nunca habíamos tenido tanto detalle de la galaxia que nos rodea. Ellos no comprendían que, debido a la contaminación lumínica de nuestras ciudades, no podíamos apreciar ese espectáculo celestial, ni escapando a nuestros cerros y montañas.
Conocí un pueblo que vive bajo otras lógicas a las que estamos acostumbrados. Los vi habitar una paz que desconocía, con una salud emocional y psicológica más fuerte, riendo en cada conversación, alegrándose con facilidad y bailando cada vez que podían. A diferencia de nosotros, que vivimos estresados, persiguiendo modas que nos consumen y nos obligan a ser hegemónicos, sintiendo que perdemos el tiempo buscando la paciencia en cosas que no se ajustan a nuestro ritmo. Una de las lecciones en África fue que el tiempo no corre de la misma manera a la que estamos acostumbrados, o al menos su paso tiene menos importancia. Pusimos a prueba nuestra paciencia, aprendimos a dejar de mirar la pantalla del celular para observar los astros moverse. En Mozambique, donde los relojes y mucho menos los celulares no son comunes, la gente suele marcar la hora señalando un punto en el cielo. “Cuando el sol esté ahí, a esa altura, nos encontraremos.”
A Cumbane B, fuimos con otra actitud, con más seguridad y con ganas de disfrutar y de generar otros momentos con la comunidad. Mamá Rita, la jefa de la comunidad, nos recibió y prestó su casa de barro para descansar y guardar nuestras cosas. Allí jugamos al fútbol y nos dimos cuenta de lo deteriorados que tenían los arcos. Se nos ocurrió la idea de construir unos nuevos, así que compramos madera no solo para el aula, sino también para mejorar la cancha. Después de renovar los arcos en Cumbane B, parte del equipo regresó caminando a Cumbane A y también renovamos los de allá. Uno de los voluntarios del equipo había traído desde nuestro país una bolsa de pelotas de fútbol, que repartimos en las comunidades que visitamos. Para los niños mozambiqueños, esas pelotas eran como oro puro. Una vez más, confirmamos que el deporte es un idioma universal.

Para las inauguraciones de las aulas, debíamos avisar a Juanga, quien llegaba para celebrar el momento junto a nosotros. Era todo un ritual: nos sentábamos en una gran ronda y escuchábamos. Primero, hablaban el director y algunas maestras, expresando su gratitud hacia nosotros. Si había políticos del distrito presentes, también decían unas palabras. Luego, alguno de nosotros respondía con agradecimientos. Finalmente, Juanga tomaba la palabra y nos invitaba a peregrinar alrededor del aula mientras la bendecía. El silencio de la bendición se rompía con el primer grito de alegría típico africano, que daba inicio a los cantos y bailes. La ceremonia concluía con un almuerzo comunitario y los abrazos de despedida. Nunca olvidaremos el momento en que el director de Cumbane B nos leyó en portugués una carta que había redactado para la inauguración. «Hermanos, no se cansen de nosotros, llevaremos siempre en nuestros corazones el amor que nos han mostrado».
En la tercera semana del proyecto, nuestros cuerpos comenzaron a pasar factura. Cada vez más cansados, nos lastimábamos las manos con los martillos y clavos, algunas chicas sufrieron fiebre y náuseas, nos lesionamos jugando al fútbol, nos insolamos, un compañero se lastimó un ojo con polvo de ladrillo, otro despertó con una picadura punzante en el bíceps, y nuestros estómagos pedían un cambio en la dieta. Sin embargo, nos apoyamos mutuamente y seguimos adelante.
El último momento que pasamos en Jitsembe es memorable. Solo estuvimos allí durante los últimos tres días del proyecto, por lo que no tuvimos tiempo de construir un vínculo tan fuerte como en las otras dos comunidades, ni de terminar las aulas. Sin embargo, dejamos los materiales y la comida necesarios para que ellos pudieran completarlas. Era la última hora de la tarde del viernes cuando las mamás y los papás de los alumnos, junto con los directivos y profesores de la escuela y algunos políticos del distrito, alrededor de cincuenta personas, estaban reunidos bajo la sombra de los árboles, debatiendo sobre el inicio de las clases. Jorge ya había llegado para llevarnos de vuelta a Misión Mangundze y nos teníamos que despedir de la comunidad. Junto con Antonio nos acercamos a ellos y cuando notaron nuestra presencia el debate se hizo silencio. En portugués nos despedimos, les repetimos que nos encantaría terminar las aulas con ellos y les pedimos que nos manden fotos cuando las terminen. Dimos media vuelta para irnos y ellos, todos, empezaron a cantar. Allá no hay mujer ni varón que no sepa cantar, porque es lo que hacen desde que son pequeños. Cantan en grupos, algunos la letra, otros agregan la melodía, otros el ritmo, y les sale con naturalidad. Lo sentíamos en la piel. En voz baja, casi en secreto, Antonio nos explicó que lo que cantaban era que “los sentimientos de melancolía son producto de momentos pasados de mucha alegría”. Nos iban a extrañar, y nosotros también a ellos. Estoy feliz de conocerlos.

La pandemia al acecho
Al celular lo usamos poco y nada. Lo llevamos a las comunidades para sacar fotos y para hacer alguna llamada de emergencia, en Misión Mangundze lo cargamos y dábamos señales de vida a nuestros amigos y familiares. A causa del escaso acceso a internet y el limitado tiempo libre, era difícil estar al tanto de lo que pasaba en el mundo. Solo una vez, en la última semana de enero, entré y leí dos noticias, la primera era del terrible incendio que no paraba de crecer en Australia, y la segunda era de un virus que se había desatado en China. A la semana siguiente, antes de comenzar nuestro regreso, me contactó mi familia para saber si estaba enterado de que el virus se expandía a una velocidad impresionante. Y al llegar a la Argentina, después de hacer escala en Venecia, apareció el primer caso de la COVID-19 en Italia.
Durante todo este tiempo nos mantuvimos en contacto con las comunidades con las que trabajamos, ellos nos preguntaron por nuestra salud y nosotros por la de ellos. Por suerte la pandemia fue mucho más leve en la mayoría de los países africanos: posiblemente a causa de la menor demografía de sus ciudades que dificulta que el virus se transmita, a diferencia de como sí lo hace en nuestras abarrotadas ciudades; capaz por ser el continente con la población más joven; o también por el contacto con previos coronavirus y la experiencia con epidemias; o quizás por factores climáticos. La cuestión se sigue estudiando y por ahora no tiene respuesta cierta.

En el transcurso de las semanas más duras de la pandemia y más estrictas de la cuarentena, en aquellas donde veíamos noticias oscuras del viejo continente, donde la globalización se caía a pedazos, y las fronteras de los países y de nuestras casas se volvían impenetrables, algo hizo que mantengamos la cordura, para los afortunados que la pudimos mantener. En mi caso, además de la buena compañía, fueron los recuerdos vívidos e intensos que todavía recorrían la superficie de mi piel y me hacían cosquillas en la nuca. Me recostaba en la cama, dejaba entrar el profundo silencio y quietud del mundo hacia mi pieza, cerraba los ojos, y volvía en el tiempo. La brisa mozambicana me golpeaba la cara a la velocidad de la yapa, mi cuerpo saltaba al ritmo de las irregularidades del camino rojo, y el atardecer ya estrellado se reflejaba en las mugrientas sonrisas de mis amigos. Así sobreviví.
Por el momento el proyecto para volver a construir aulas en Mozambique está congelado, y no hay indicios de que eso cambie en el mediano plazo. Por suerte, y mi salud lo agradece, volvimos a trabajar en los barrios populares de Córdoba. Lamentablemente los países pobres serán los últimos en tener acceso a la vacuna, y a la inmunización de sus habitantes. Pero nosotros estaremos listos para volver a Mozambique apenas podamos, siempre y cuando haya intereses comunitarios. Todavía hay aulas que construir, personas por conocer, y canciones para bailar.

Bibliografía
Nota de Infobae del Padre Juan Gabriel
https://www.infobae.com/sociedad/2020/02/03/el-cura-argentino-que-misiona-en-mozambique-y-la-conmovedora-historia-una-joven-que-solo-sonaba-estudiar/
United Nations Development Programme
http://hdr.undp.org/en/2020-report
World Bank – GDP growth Mozambique
https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.MKTP.KD.ZG?locations=MZ
World Data Lab
https://worldpoverty.io/map
La primera publicación de este texto se realizó en la página web de la Escuela Raúl Alfonsín.
https://escuelara.com.ar/2021/03/15/ciudadanos-a-mocambique/
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